QUEMAR DESPUÉS DE LEER, de Joel y Ethan Coen.
En la reseña de No es país para viejos escribí -disculpen la cita propia- que el manierismo con ínfulas de cine independiente de los hermanos Coen tenía el inconveniente de que éstos pudieran perder el apellido. Pues a todos los que se llaman Coen o Cohen -o Kahn, Kohn o Kahan, entre otros- se les puede, en la tradición judía, retirar el apellido si no están a la altura de su nombre. Y los Coen siempre han dejado, decía entonces, el asunto en el filo de la navaja.
Ahora ya han agotado mi paciencia. No hay nada más desagradable que estar sentado en un cine en el que todo el mundo tiene la risa presta, rápida e infantil y tú estar sin poder reirte de nada, no sabiendo si es que son idiotas o si hay algo más. La situación recuerda a la de El guardián en el centeno (que también es un libro que halaga al espectador, pero que ya forma parte de nuestra sociología) en la que el protagonista caminaba con placer y asco en dirección contraria a las colas que se formaban en los cines de Nueva York. ¿Quién no ha sentido esto cuando era más joven y no había olvidado todo lo que hemos olvidado ahora?
Y es que algún contrapicado y cierto retrato de personajes norteamericanos y patéticos típico de los Coen no basta. Pero la cosa, como ocurre siempre, viene de lejos. Hay una escena en "El gran Lebowski" (que es una adaptación de El gran sueño, de Raymond Chandler) en la que los gemelos retratan al ser más desagradable del mundo en su opinión: un viejo rodeado de una profusa biblioteca al calor de la lumbre. Así de rebeldes son los Coen, entre comedia y comedia. Que dilapiden su talento como les venga en gana.
Por supuesto, Quemar después de leer ha sido "bien valorada" por la crítica. El crítico es una animal torpe y tropezón que otea todo lo que le pueda dar dinero y prestigio (esto es, dinero y más dinero, dinero a corto y a largo plazo). Es decir, el crítico busca un cine lo suficientemente chusco como para que sus críticas no sean minoritarias y lo suficientemente pedante como para justificar la peana desde la que pontifica. Lo triste de ello es que es de naturaleza tan miserable que, a fuerza de repetir las mentiras en público, en mil emisoras y periódicos, se acaba creyendo su propia necesidad, que no es más que una mentira. Y aquí la única verdad es que a los hermanos Coen hay que ponerles nombre. ¿Alguna sugerencia, Aarón?
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domingo, 19 de octubre de 2008
lunes, 11 de febrero de 2008
No es pais para viejos, de Joel y Ethan Coen

ES PAÍS PUEBLERINO
No tengo ganas de escribir sobre esta película y escribo sobre ella sólo por espantarme las anginas del magín, por escribir algo. No me ha gustado.
Y eso que uno ha entrado contento en el cine; el título recordaba a esa frase inicial de Jack Keruac, en On the road, "And we went to see the country" y uno se acomodaba en la butaca dispuesto a ver el estado de aquella nación, el estado de The Nation. Esa frase es uno de tantos girones en prosa que de repente tiran mucho del lector, como el "Santiago se preguntaba en qué momento se jodió el Perú" de Mario Vargas Llosa.
Pero la película no merecía ese optimismo ni esa buena voluntad. Uno, conforme la violencia competitiva se exporta, está cada vez más convencido de que la violencia que no se explica sobre la pantalla surte sus efectos sobre la sociedad. No quiero ponerme moralista. En estas cuestiones soy un moralista.
Los hermanos Coen son algo así como Norman Foster en arquitectura; una revisión de todo lo que se ha hecho antes, ambos son un repaso manierista de toda la historia de sus respectivas disciplinas. Y, además de que el manierismo cansa, después de vista la película lo que queda es más bien un spaghetti western con todos sus excesos y todos sus tópicos y con un final con ínfulas de cine independiente.
La película está basada en un relato de Cormac McCarthy, pero las anginas me han dejado sin fuerza de ponerme a buscarlo.
Dicen que todos los que se llaman Coen o Cohen -o Kahn, Kohn o Kahan, entre otros- fueron rabinos judíos en un punto u otro de su genealogía, y dicen también que se les puede retirar el apellido si llevan a cabo algún amancebamiento con mujer no pura para un sacerdote. ¿Entran las relaciones de los Coen con Hollywood en este apartado? Los dos astutos judíos mantienen, aún después de Arizona baby, la cuestión en el filo de la navaja. Pero, desde luego, una cosa es segura: se están jugando el nombre.
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