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viernes, 4 de julio de 2008

Retrato de la ultima frontera


LA ESTRELLA AUSENTE, de Gianni Amelio

Si hay algo bonito es el arranque de La caída de los dioses (me refiero a la película de Visconti, no a la de Wilder, cuyo comienzo además fue censurado por él mismo, así que vaya lo uno por lo otro) en la que el director italiano retrata toda la belleza del mundo del trabajo –un alto horno- con esa sensibilidad de alguien a quien le horroriza el trabajo.
Otro genio retratista del mundo del trabajo y su influencia sobre el homo faber ha sido Antonioni, en El desierto rojo, por ejemplo.

Gianni Amelio ha cogido todas estas referencias y ha hecho una película muy salvable y ecuánime acerca de la última frontera, acerca de ese enigma que es la China. Y no nos extraña nada que, con estos maestros, sea un italiano el que haya llevado a buen fin una de las grandes películas acerca de la modernización de aquel país: paisajes áridos para los sentimientos, a lo Stromboli, niños y bicicletas para los momentos alegres, el mejor McGuffin en mucho tiempo (que incluso se lo perdonamos) para la trama principal... Y una China que huele a tiendas de campaña del Oeste, a caravana, a optimismo, a lo que dicen los chinos que huele. Ellos sabrán.

La película exprime cada plano. Cada camión aparece cuando tiene que aparecer. Cada carricoche aporta toda la expresividad que el guión necesita. La producción no es de extrañar que sea de un De Laurentiis. Los planos están llenos de esos trucos visuales, de esos trampantojos italianos que demuestran que todo es un juego, que rompen la transparencia y te hacen sonreír. Y uno sale del cine con la esperanza parcialmente recuperada y pensando que La estrella ausente es una buena película europea, la primera desde que comenzó la "era de los obituarios".

viernes, 12 de octubre de 2007

La revelacion, de Leo Bassi


BRINDIS POR UN PAYASO
Uno no sabe nunca cómo acertar, así que se guía por los detalles a la hora de elegir un libro, ver una película o ir al teatro (música no oigo) y lo usual en mí es leer lo que dicen sus autores en las entrevistas y en ellas, habrá sido casualidad, Leo Bassi nunca había dicho, a mi leal entender, nada demasiado brillante. Pensaba uno que era uno de esos desesperados que amenizan los días de fiesta por estos lares en los que no faltan pueblos en los que se reúnen alrededor de una plaza para embadurnarse la cara de harina y mirarse los unos a los otros. Tampoco tendría nada de malo. Pero Bassi no es nada de esto. O sí, es esto y algo más que esto. Bassi es un bufón en toda regla, es un heredero de la más salvaje comedia dell´arte, es un auténtico payaso italiano, un Dionisos en calcetines. Y no me avergüenza afirmar que me ha emocionado con sus payasadas (como dice él, "hacer algo inútil, pero hacerlo muy bien, es algo típicamente italiano"). Aunque en lo que decía acerca de lo que todos sabemos no sé si llevaba razón o no, porque de eso no gasto ni, hasta hoy, he gastado nunca.
Leo Bassi me ha hecho pensar en lo que hubiéramos perdido de haber explotado la bomba que uno de esos iluminados por la santísima trinidad puso en el teatro de Madrid donde actuaba. Y, como siempre, hubiéramos perdido mucho. Hubiéramos perdido unos atabismos que surgen de la raíz de ese indomable pueblo transalpino al que todos -los españoles, secretamente- admiramos tanto.
Después de la representación me he acordado de una cita de Nietzsche. Aquí va: "El mal gusto tiene tanto derecho a existir como el buen gusto." Sea. Y mucha salud, signore Bassi.